Historias
Prodigioso silencio
Descubre cómo escuchar tu ritmo interior y abrir espacio a la calma.
La menor de mis hijos, cuando se cabrea se para. La intensidad con la que llega a sentir la emoción la supera y secuestra el resto de sus funciones cerebrales ejecutivas. Así que se tapa los ojos y los oídos y ya no está.
En ese momento se activa una secuencia de actos que es necesaria para conseguir que el sistema haga un reset. Que se restaure. Es necesario que la dejemos hacerlo. Al menos por unos minutos, luego ya puedo acercarme y abrazarla, para que empiece la desescalada desde el amor y la calma. En silencio y a través del contacto físico, puedo luego empezar a hablarle.
El silencio es prodigioso. A menudo es tan grande o intensa la activación que parece que nada más cabe dentro. Me doy cuenta del poder que tiene el inconsciente en nuestro ser.
Sin embargo, el silencio es extraño. Nos sorprende, incluso lo interpretamos como vacío. Como si algo raro estuviera sucediendo, como si no hablar significara que algo no va bien. Sentimos la necesidad de llenarlo enseguida con palabras, o con ruidos o música. Por suerte, he aprendido, observando a mi hija, que el silencio puede ser otra cosa: el mensaje más importante que nos pueden dar.
Cuando ella tapa los oídos, no significa que no está. Sino que está procesando, su cuerpo ha decidido, no le ha pedido permiso, pero se ha cerrado porque no hay capacidad para nada más, el único fin es digerir ese momento, superar esa crisis y todos los esfuerzos van ahí. No cabe nada más. Así que para ayudarla de verdad solo puedo respetar ese silencio. No rompo con preguntas el ciclo de pacificación que ella ha empezado. Sólo la acompaño.
Lo que más me sorprende de este ritual que hemos construido, sin buscarlo, es que la reconexión no empieza con conversaciones. Empieza con un cuerpo que se acerca a otro cuerpo. Un abrazo silencioso, sin exigencias, sin “¿ya estás mejor?”, sin prisa.
Y es así, con mi presencia en el abrazo, y paciente cuando ella es capaz de regularse verdaderamente. No es mi voz lo que a priori la calma, sino mi silencio, la presencia, quieta, constante y paciente. Así ella comprende que sigo ahí, que no me voy y que no hay prisa, cero activaciones extras. Y es entonces como vuelve la mirada, se enlentece la respiración, y al final, la palabra resurge.
Quizá los adultos deberíamos recordar eso, que el silencio no existe para ser llenado. No necesitamos conversaciones banales, ni ruido de fondo para escucharnos a nosotros mismos. Deberíamos darnos permiso para hacer ese mismo reset que hace mi hija de tanto en tanto. Cuando la intensidad de una emoción nos supere, o cuando haya una sobrecarga del sistema o cuando queramos no hablar, no contestar… Y debamos restaurar antes de responder. Y digo responder, que no reaccionar. Ante una amenaza para la vida como un ataque inminente, debemos reaccionar de inmediato para salvarnos. Pero descolgar el teléfono móvil para atender un llamante, no requiere esa inmediatez, y seguramente, el número queda registrado para cuando tengamos espacio para responder, que no reaccionar.
Responder, por tanto, necesita tiempo, espacio. A menudo es bueno dejar ese silencio desde la demanda hasta la respuesta. Un espacio que facilita que la ordenación de la información ocurra, que el sistema se reorganice y se equilibre si ha habido un secuestro emocional. Ese espacio deja que el silencio haga su trabajo y no se puede acelerar, sólo acompañar.
El silencio es prodigioso porque no es ausencia, es proceso. No es tanto un vacío como un espacio que dejamos para que quepa algo nuevo. Y quizá, cuando lo respetamos, en nosotros mismos y en los demás, descubrimos que lo que importa de verdad no siempre necesita palabras para ser entendido. Quizá la forma más grande de amar, sea quedarse en silencio, acompañando sin prisa.
Sigue descubriendo historias de Sentya.
Cada texto es una invitación a detenerte un momento y escuchar tu propio ritmo.
Volver a Historias