Historias
Presencia en el día a día
Ideas sencillas para convertir tu día en una experiencia más reflexiva.
Sólo aquel contenido que merece ser procesado a través de la razón puede acceder a la conciencia. En el trayecto la información atraviesa motores que filtran infinita información, que se procesa por lo que llamamos vía automática. Esa vía no es consciente, si lo fuera no sería rápida. No somos conscientes de nuestra respiración mientras trabajamos, o hacemos otras…cosas.
Sin embargo, al concentrarnos, podemos percatarnos de nuestra respiración y podemos llegar a sentir los latidos del corazón. Ese hecho se relaciona con los principios de la meditación y el mindfulness, atención plena. Se trata de conectar con nosotros mismos, y también, por qué no, con el resto de los seres vivos, e incluso, con el universo.
Paradójicamente, tenemos conciencia, somos seres superiores.
Si tuviéramos una conciencia ilimitada, no sería necesario disponer de filtros. Procesaríamos todo: cada ruido de fondo, cada latido, cada respiración o movimiento muscular. La consciencia es, sin embargo, un recurso limitado y el cerebro debe decidir, antes de que seamos conscientes de ello, si vale la pena elevar la información hasta la razón o si puede resolverse desde la vía automática.
Suele llegar la información novedosa, o inesperada, también lo que representa una amenaza o bien aquello que es susceptible de convertirse en una oportunidad real. También lo que exige una decisión que tenga consecuencias es elevada hasta la consciencia—si requiere decidir el tipo de respuesta que damos, cómo vamos a actuar o a qué vamos a decir—, aquella información emocionalmente intensa, lo que atrae nuestra atención. Lo demás, el latido, el tacto del suelo a los pies, nuestro sistema digestivo en funcionamiento queda bajo el umbral. Se resuelve sin nuestra consciencia.
Ese es el motivo por el cual no podemos decir que estar presente sea automático, más bien se trata de un acto de elección: hemos de elegir focalizar nuestra atención en un latido, o en la respiración, aunque ambos actos no hayan sido señalados como merecedores de nuestra atención.
Existe, sin embargo, una forma de corromper nuestro filtro atencional. Ocurre cuando las cualidades del sistema de clasificación —novedad, estimación de recompensa, imprevisibilidad, posible amenaza— se activan sin haber una relevancia real detrás. Eso es lo que mantiene nuestra atención durante el scroll infinito, la expectativa de que se cumplan esas cualidades precisamente.
La novedad de un contenido que nos aparece en pantalla, directamente activa la vía dopaminérgica como si de una información genuinamente novedosa se tratara. Nuestro cerebro no es capaz de distinguir si se trata de algo que realmente nos puede cambiar la vida o de si se trata de una simulación, un video diseñado para activar la vía dopaminérgica, y mantenernos activados y deseosos de descubrir más. Ocurre lo mismo con las máquinas tragaperras: lo novedoso, la expectativa de sorprendernos mantiene nuestro cerebro atento. ¿Va a venir el premio ahora? El sistema atencional queda enganchado en esa imprevisibilidad. Sea interesante a veces y a veces no. Además, esa activación, al ser un estado de vigilancia de baja intensidad, pero sostenido en el tiempo, nos aleja cada vez más de un estado de calma y relajación, de reposo y confort.
Además, al automatizar una tarea, el cerebro queda disponible para otra tarea. Conducir por un trayecto conocido, o caminar, nos da la oportunidad de pensar, o recordar o experimentar o escuchar música, hablar… No es así en situación de scroll infinito, en el que nuestra atención queda atrapada en un bucle que además de activar el estado de vigilancia sostenida, resta recursos para conectar con nuestro entorno. Sin llegar nunca al cierre que el sistema atencional necesita.
No es extraño que aparezca fatiga. Perseguimos la zanahoria infinitamente, sin llegar nunca a poder alcanzarla. Incrementa la frustración y el cansancio. Se merma la capacidad atencional, el resto deja de existir y nos desconectamos.
No sería posible ni deseable vivir siempre en estado de alerta consciente. Pero ahora ya podemos entender por qué focalizar la atención permite abrir pequeñas ventanas de presencia. Una pausa con respiraciones o cerrar los ojos un instante o hacer el ejercicio de notar el pulso antes de responder una llamada, baja el estado de alerta. Dar a nuestro cerebro pequeñas oportunidades de regresar a casa nos recuerda que estamos a salvo, que no nos hemos alejado tanto. Y al practicar esas micro desconexiones, conseguiremos rebajar el estado de alerta de forma cada vez más natural, es la manera de recordarle a nuestro cerebro que puede elegir cuándo debe estar en alerta y cuándo no.
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Cada texto es una invitación a detenerte un momento y escuchar tu propio ritmo.
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