Historias
Por qué los psicólogos recomiendan escribir
Cómo poner palabras a lo que sentimos nos ayuda a entendernos mejor.
De cría, escondida y en la soledad de mi cuarto, cuando lo tuve, comencé a escribir un diario personal. Era de tapa verde plastificada con un pequeño candado, con una llave que a menudo perdía. Apuntaba todo lo que me venía a la cabeza y ahora me hace sonreír: gestos que había observado en otras caras, ilusiones de amores platónicos, pensamientos que tenía en clase escuchando a la profesora ese día. No sé por qué ocurría, pero después de hacerlo, me sentía en calma.
Hace mucho que ya no tengo el cuadernillo verde, pero sigo escribiendo en pedacitos de papel, o en libretas, notas sueltas, listas organizadas, pensamientos a medio cocer y todo aquello que necesito ordenar o sacar de dentro. Y los efectos en mí siguen siendo los mismos, me siento mejor cuando lo hago.
Escribir requiere mucho más tiempo que si sólo pensamos. La escritura es un proceso más lento que el pensamiento. Y es esa lentitud lo que abre el espacio para poder ordenar, recapacitar, añadir, elaborar y procesar y el resultado es avance en línea recta, cosa que el pensamiento no escrito no siempre consigue. Es como si poner palabras organizadas abriera una puerta al procesamiento consciente, facilitando la digestión de emociones difíciles.
Pensar en silencio no es lo mismo. Cuando pensamos, no necesariamente ponemos palabras, a veces lo hacemos con imágenes, o sonidos, no requiere el mismo trabajo que escribir. Y eso hace que el pensamiento se mueva más deprisa, que se encadene, se ramifique, se repita y puede que acabemos dando vueltas a la misma idea sin avanzar nada.
Escribir es un proceso que nos obliga a ir más despacio. Debemos elegir las palabras; unas sí, otras no. Primero cuento esto, luego lo otro, nunca todo a la vez, por escrito eso no ocurre. Y es eso lo que permite que organicemos lo que antes era un remolino. Una página en blanco es en sí misma un llamado a que concretemos en lugar de divagar, a que encontremos palabras que capturen lo que nos ocurre, y eso implica entendernos mejor.
Hay, además algo más de magia en la escritura. Ocurre que sacamos de dentro palabras para plasmar sensaciones, emociones y sentimientos y así logramos que se desprenda y se separe de nuestro ser algo de ello, nos ayuda a poner distancia.
Los psicólogos llaman, a veces, a esta distancia, procesamiento. Al escribir no es que estemos olvidando lo que sentimos, ni lo hacemos desaparecer, pero sí que nos permite observarlo o explicarlo desde un lugar seguro. Y lo que nos sobrecogía, logra ser entendido, comprendido, y con el tiempo gestionado.
La mayoría de las veces escribo sin una finalidad. Pero a menudo la encuentro en las palabras. Dejarlo sobre el papel no siempre me indica dónde llegaré, es posible que no logre concluir ni resolver. A veces, empiezo porque necesito sacar algo sin saber qué es. Y el mismo proceso de la escritura es lo que me lleva a identificar un problema, incluso a dar con una solución. O no. En todo caso, siempre logro alcanzar un mejor estado.
Lo que digo, es que no es necesario ser escritora, ni siquiera tener un propósito al escribir. Sólo hay que empezar. Tampoco digo que sea obligatorio hacerlo o tener un diario con candado, yo misma no lo tengo siempre a mano y me voy dejando notas por aquí y por allá. Basta con unos minutos, y con empezar. De hecho, ni siquiera es necesario terminar las frases a veces, ni tener una buena prosa. Lo que importa no es la forma, es detenerse y poner palabras para que no quede dentro, pululando.
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Cada texto es una invitación a detenerte un momento y escuchar tu propio ritmo.
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