Historias
Respirar a otra altura
Una masía en los Pirineos, el silencio de la montaña y la vida de pueblo como contrapunto a la ciudad.
Hace unos cuatro años vinimos con los peques de vacaciones en invierno a disfrutar de las montañas y del frío de los Pirineos, de la nieve. Fue muy entrañable, no esperábamos encontrar tanto aquellas vacaciones y sin embargo descubrimos lo que verdaderamente deseábamos.
Ahora, reconstruimos una antigua masía en la misma ubicación, soñando cómo será volver a la vida real y tranquila de las montañas.
Cuando venimos, dormimos en la pequeña porción de la masía que hemos conseguido rehabilitar con nuestras propias manos. Sospecho que habría sido un lugar donde guardaban algunos animales. A la espera de poder terminar el resto de la granja, decidimos empezar por el espacio más pequeño. Y hacerlo con nuestras propias manos nos ha permitido recordar el sentido que tiene la vida y acercar nuestro esfuerzo a unos resultados que apreciamos enormemente y de forma muy tangible. Sin barreras, sencillamente así, trabajando se consiguen las cosas.
Allí, nos sentimos aliviados, y conectados, la naturaleza es realmente sanadora. Aunque no estamos solos, en los alrededores se ven corzos, búhos, murciélagos y todo tipo de animales, inmunes a la vida estresante de la gran ciudad. Tengo además una fiel amiga con la que comparto los desayunos madrugadores que en la ciudad disfruto en soledad. Mientras saboreo mi taza de café humeante en el silencio del alba y abrigada en el exterior de la cabaña, viene siempre una ardilla negra al nogal de enfrente. Me reconforta verla los fines de semana cuando volvemos. Es como si quisiera recordarme que allí todo sigue. Le agradezco que me recuerde lo que debe perdurar y debemos proteger: nuestra esencia como seres animales, capaces de pensar, usar herramientas para encontrar caminos y hallar nuestro confort. Desearía que ese recuerdo, trascendiera al colectivo y toda la humanidad trabajara en conjunto por preservar nuestro planeta.
La Alta Ribagorça me ofrece agua, sombra en verano, nieve en invierno, lapsos de quietud, puestas de sol y eclipses brutales, pero lo mejor es que me recuerda lo importante que es la vida en comunidad, echar raíces, crear vínculos reales con personas…
Cuando oímos un búho llamar mientras cenamos fuera, cuando mi amiga la ardilla regresa a su nogal o si vemos un corzo cruzando el prado, siento un profundo alivio, que me recorre el cuerpo al instante.
Creo que, como especie, llevamos tantos millones de años en contacto directo con animales y plantas, que nos resulta familiar. A nuestro cuerpo le resulta familiar y me estremezco, aunque la mente ya no recuerde por qué. Al fin y al cabo, unas décadas de pantallas y rascacielos no han logrado borrar la huella que miles de años ha dejado en nosotros, ahí el alivio. Observar la fauna en libertad activa una atención relajada, muy diferente de la que exige la vida en la ciudad. En plena naturaleza percatarnos de un animal no requiere un esfuerzo artificial, sale natural, no agota, es placentero. Quizá ver a un animal vivir como lo ha hecho siempre, sabiendo que no nos necesita, me recuerda que existe un orden que no depende de nosotros, y eso me calma.
En el pueblo todos saben quiénes somos y qué hacemos esos días por allí. En la ciudad, podemos llevar años sin saber siquiera quiénes son nuestros vecinos. Al principio me sentía extraña, sin intimidad, había perdido mi anonimato, ahora me doy cuenta de lo importante que es para la identidad explicarse y explicarme lo que hago y lo que quiero. Y saber quién soy en una red de sujeción. En la ciudad, elegimos con quién nos relacionamos con una lógica muy distinta a la que opera en el pueblo, donde los intereses o los horarios ya no son tanto la esencia de tu ser. Convives con quien hay, y gracias a eso aprendes a vivir con la diferencia, a pedir ayuda a tus no-iguales, a comunicarte de forma diferente. Hay una comunidad real. Todos se conocen, se escuchan, aunque cuenten los problemas una y otra vez porque de verdad les importan. Se construye poco a poco, a fuego lento y de base sólida.
Sigue descubriendo historias de Sentya.
Cada texto es una invitación a detenerte un momento y escuchar tu propio ritmo.
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