Historias
Fuimos tacto, antes que vista
El tacto es el primer sentido que tenemos, el que nos funda, y el que nunca envejece.
En aquellos largos caminos en coche, tras la ventana, observaba las nubes mientras mis padres hablaban de sus cosas y mis hermanas dormían. De cría solía pensar en cómo sería saltar de una nube a la otra, si estarían frías y si me harían cosquillas en los dedos de los pies. No es casualidad, y es que mucho antes de poder imaginarlas, incluso antes de poder siquiera verlas, ya podría haberlas sentido. Primero el sentido del tacto, luego la vista.
Al final del segundo mes de embarazo, cuando el embrión aún mide poco más que un garbanzo en el útero, ya existen células de recepción táctil alrededor de la boca. Y semanas después, en los pies y manos. A los 4 meses y medio de gestación, alrededor de la semana veinte, ya tenemos receptores táctiles por todo el cuerpo. Nuestra primera relación con el mundo es pues a través del tacto.
El sentido de la vista llega mucho después. Aunque los ojos se forman pronto también, la vista llega algo más tarde. De hecho, las vías visuales y la retina maduran tras el nacimiento, meses después, alcanzando la agudeza casi adulta hacia los cuatro o cinco años. Podemos decir que los bebés, están conectados al mundo desde el sentido del tacto. El lenguaje de la piel es el primero que le ayudará a comprender el mundo, y a interpretar si es o no un lugar seguro.
A nivel de evolución de la especie, tampoco la vista gana. No fue hasta hace alrededor de 570 millones de años que no aparecieron los primeros ojos, capaces de percibir formas y no solo luz. En cambio, el sentido del tacto se remonta a la existencia de los muy anteriores organismos unicelulares.
Así pues, en términos evolutivos, también apareció el tacto antes que la vista en nuestro planeta. En nuestra memoria, lo llevamos impreso desde mucho antes de que empezáramos a ver. La piel fue el primer órgano de relación con nuestro mundo.
Para un bebé, el tacto no es sólo un sentido más. El contenido de la información táctil se interpreta por los bebés no sólo por su calidad. Y un abrazo sostenido es familiaridad, seguridad, vínculo. Un bebé que recibe caricias, abrazos, al que se le coge, presenta niveles más bajos de cortisol (hormona del estrés) y más altos de serotonina (hormona que nos aporta bienestar). El tacto no es un lujo, es clave para su supervivencia. Es la forma como entiende por primera vez que el mundo es un lugar que vale la pena.
Por ello importa la elección de los materiales que envuelven al bebé. Una mantita suave, que no irrite, y ligera es una forma de mostrar al bebé la belleza del mundo que le recibe. Es cuidar su bienestar y la sensación de seguridad desde el principio, le decimos que el mundo al que llega no es hostil sino amable.
La necesidad de relacionarnos a través del tacto no se pasa con la edad, el sentido del tacto no envejece tampoco, y sigue siendo uno de los lenguajes más directos para acomodar la sensación de sentirnos acompañados. El confort de una caricia llegaría al núcleo del bienestar tanto de un bebé como de un anciano, aunque la memoria falle o la vista se debilite (salvo daño neurológico). Y es una verdadera pena que perdamos la práctica de abrazar, de tocarnos al hacernos mayores. Es como perder el vínculo o la conexión con el mundo, la más primitiva de todas. Las personas mayores con esa hambre de piel (skin hunger) pueden tener más estrés, ansiedad, peor sueño y más sensación de soledad. Y si la privación de tacto se da en niños pequeños puede incluso causar problemas de desarrollo. Mientras que técnicas como el contacto piel con piel ayudan a regular la temperatura, ritmo cardíaco, la respiración, reducen el llanto y facilitan la lactancia.
El tacto nos conecta al mundo y a nosotros mismos. Marca cercanía, alcance, nos aporta bienestar y sensación de seguridad a cualquier edad. Una pantalla no.
Vale la pena cuidar el sentido del tacto como nos cuidamos la vista o como cultivamos la palabra. Basta con elegir aquello que toca la piel: la ropa, el gel de baño, la textura, la temperatura, dar abrazos, para cuidar el sentido que más primitivamente nos permite comprender el mundo y relacionarnos.
Sigue descubriendo historias de Sentya.
Cada texto es una invitación a detenerte un momento y escuchar tu propio ritmo.
Volver a Historias